La hebra

Cuando uno se pone a escribir desearía contar todo el mundo y todo lo que sucede en el mundo, también describir los actores de la obra que se representa en este inmenso escenario y todo lo que ellos piensan y no piensan. Es imposible. Sólo cabe tejer algunas hebras.

Hebra es una palabra que me he puesto de moda a mi mismo, la columbro en cualquier rincón y a todas horas, y llevo unos días en que a todo la aplico en un interminable juego que aspira a crear la belleza de la chispa que salta desde la piedra de pedernal. Belleza de fuego condensado.

Esa palabra figura  casi al comienzo de una novela de Francisco Umbral: «…y andaba en bragas por la casa, como siempre, metiéndose una hebra o pintando a la acuarela hindú». Ese momento, ese descubrimiento, resucitó la sabiduría en un destello, como si la entera luz de una galaxia iluminara el lado oculto de la Luna y todos nosotros lo contemplaramos. Una acuarela hindú con la luna al fondo, más allá de la bruma de las montañas y un tigre de Borges en primer plano.

Una hebra de farlopa es una hebra de tela de araña con una gota de rocio que se balancea. La nada esperando caer y la muerte en su guarida.

Mi abuela enhebraba un hebra de hilo en una aguja roñosa sacada de las profundidades de una caja de latón; una caja que, en un primer uso, había contenido galletas holandesas de mantequilla. Las hebras de los pespuntes se agolpaban debajo del pedal de la máquina de coser como si allí esperasen a que los pájaros las recogiesen para llevarlas a sus nidos.

Hoy mi madre ha estrujado entre sus dedos de años un sobrecillo de azafrán. Por un lado el envoltorio leí fugazmente: «hebras de azafrán». La poesía chuisporroteó por la cocina y los diminutos pistilos se quebraron con un ruido imperceptible. Mi madre dijo que la flor del azafrán es de color azul y añadió el contenido del papelillo a un caldero de judías que burbujeaba sobre el fuego.