La cajera mecánica

Me he ido de capital a darme un paseo. Allí, en Santa Cruz, son distintos en muchas cuestiones. Debe ser que más acá de la ermita de San Isidro, en el Chorrillo, las gentes nos amoldamos a la placidez de los días que pasan. Me he dado un garbeo por Mercadona a ver qué productos proponen y he descubierto algunos nuevos: un tomate deshidratado en bolsas de plástico y un líquido para añadir al limpiaparabrisas del coche cuyo prospecto garantiza que el producto deja reluciente el cristal, también una atún en tetrabrick que promete alegrarnos las ensaladas. A lo mejor había alguno más, pero como estos fechas no estoy muy consumista, no me esmeré en la búsqueda.

Al entrar en el supermercado me dejó mal el cuerpo los aspavientos de una señora que quería registrar el bolso de otra porque sostenía que le habían cambiado de sitio una bolsa de verduras que ella ya había pagado. Al llegar yo a la zona de verdura oí como una empleada le decía a otra que una señora se había dejado olvidada una bolsa con verduras. Seguro que era la misma bolsa y pensé que la acusada no se merecía el sofocón que le hizo pasar la despistada.

Esos supermercados santacruceros son tan grandes que perdí la cesta de plástico rojo y verde provista de ruedas a juego. Luego de un rato de infructuosas pesquisas y de andar vueltas y revueltas, resulta que la encontré abandonada en una esquina por la zona de los yogures y las cuajadas. El responsable de mi despiste fue un reponedor de productos, al que, en mala hora, tomé como referencia y luego, de forma inopinada, se mudó de estantería y me trabucó el encarrile. Disimulé como pude porque había arracimados entre los estantes muchos jubiletas que fingían acompañar a su santa pero que, en realidad, se entretienen para matar el tiempo en hacer cábalas sobre la fauna del supermercado. Porque el jubileta bancario o de refinería no sólo se entretiene mirando al refilón las nalgas de otras santas que no son la suya sino que, de vez en cuando, se pone a mirar el paisaje para descojonarse de los pipiolos; y tampoco es cuestión que uno, a estas edades, vaya de pardillo o pichón.

Recuperada la cesta sin delatar mi bisoñez y nada más llegar a la caja, la empleada de la registradora me espeta de forma maquinal: «…quiere, etrde…., caj… nut». Perdón le dije porque no entendí ni papa y en los supermerdados hay que ser fino y educado, «que si quiere una caja de donut, que están en promoción», vocalizó.  Para mí que eran rosquetes pero ya se sabe que los encargados de línea en los supermercados son estrictos con el lenguaje y obligan a los subordinados a que se aprendan de memoria los nombres más estrafalarios.

Ahí ví la mía y me lancé a confraternizar con la gente de la capital: «Usted cree que llevando tanta verdura como llevo en la compra, voy a pecar con un donut». Miré su cara esperando comprensión y complicidad, pero, que va:  los bloques de hormigón vibrado de la fábrica Puzol tienen una mayor expresividad. Mi gozo en un pozo y, como en una fría bocanada me llega una certeza: en Santa Cruz no conocen el arte de la conversación.

Yo en mis cosas de tio super-chachi-jovial y ella sigue con la guerra por su cuenta: así como sin darle importancia y mirando hacia el fondo del pasillo, donde una compañera hacía una argolla en el departamente de pescadería recolocándole  al rabo a las sardinas, susurra sin piedad: «Cuantas bolsas quiere: ¿una o dos?»

Ahí perdí la compostura, la decencia y el donaire, así que le endilgué: «Quiero la cantidad de bolsas adecuadas a la cantidad de compra que llevo». Me propinó una bolsa y tomó la banderilla de la misma manera que la tomó el toro que mató a Manolete, es decir, con la aviesa intención de esperarme en la bajadita; pero era tarde porque las cajeras quedan derrotadas y cautivas cuando le dan al «total» de la registradora. Entonces permanecen como suspendidas y uno puede decidir si introduce  la compra en la bolsa  de manera rápida o despacio. Ni que decir tiene que me vengué sosegadamente, con unos deseos enormes de llegar pronto a Güímar de Arriba para pegar la hebra con Ramón, que es un artista en el arte de preparar carne de cabra, además de perito en vinos peleones.

2 comentarios on “La cajera mecánica

  1. Fantástico relato. Es cierto que cuanto más grande es la ciudad menos se relacionan sus habitantes. Por eso se nos nota a los de pueblo que somos de tal, ya que desde el “buenos días” matutino a viandantes nos delatamos.

  2. Franco deja de ser ‘alcalde honorífico de la ciudad de Valencia’ por orden ju dicia.
    jajaja pero cuando ha dejado este señor de estar en los pueblos y ciudades de las Españas de Taifas?.
    Millones lo ven continuamente en la propaganda clonado… y lo malo es que TAMBIEN LO VEN DESDE FUERA, LE LLAMAN DESCONFIANZA, realmente patético.
    La gobernanza europea no encaja bien lo de los uni formas sentados a la mesa mes tras mes.
    La mayoría de las normas publicadas por el BOE adolecen de inconstitucionalidad manifiesta

    .elconfidencial.com/economia/2012/07/31/el-bce-no-exigio-a-zapatero-cambiar-la-constitucion-segun-el-defensor-del-pueblo-102992/

    .elconfidencial.com/economia/2012/07/31/el-tc-declara-inconstitucional-el-segundo-plan-e-de-zapatero-102923/