El Sáhara, otra realidad al margen de los medios de comunicación
El escritor güimarero Francisco Remedios Acosta, autor de varios libros sobre Güímar e infatigable andador de los caminos del Valle, nos ha remitido una carta sobre las experiencias de un grupo de canarios en su visita al Sáhara. A continuación reprducimos el texto íntegro:
VIAJE A LOS CAMPAMENTOS DE REFUGIADOS
SAHARAUIS DE UNA FAMILIA GUIMARERA
SEMANA SANTA DE 2004
El 5 de abril de 2004, a las 2 de la madrugada, abandonamos Tenerife en un vuelo organizado por La Asociación Canaria de Amigos del Pueblo Saharaui, que hace el servicio Canarias Tinduf, con escala en Oran, ciudad de Argelia.
Viajamos, pues, hacia los campamentos de los refugiados saharauis en la desértica región argelina de Tinduf, país que le presta ayuda y acogida desde 1975. Año en que España firma los Acuerdos Tripartitos de Madrid y por los que entrega el territorio del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania.
Cuando llegamos a Tinduf y después de pasar estrictos controles de seguridad por los militares argelinos, subimos rápidamente a los camiones que nos esperaban a la salida del aeropuerto, para conducirnos hacia los dispersos campamentos que llevan los nombres de las ciudades más importantes de la tierra que les arrebataron: El Aaiún, Smara, Dajla o Auserd.
Comenzamos el viaje. A nuestro alrededor algunos árboles que parecían recién plantados. En los primeros veinte minutos de trayecto sólo vimos controles militares, y donde estaba prohibido tomar fotografías. Avanzamos, luego nos comunican que entramos en zona controlada por el Frente Polisario. Ya teníamos libertad para retratar el paisaje: campos de arena con algunas pequeñas elevaciones a lo lejos. Por encima de nosotros, un sol intenso se mezclaba con la furia del viento y la arena, que obligaba a refugiarnos el rostro con nuestras ropas. Llegado un punto, la caravana de camiones se divide, pues los campamentos están muy dispersos entre sí.. El sol cae de plomo y la marcha continúa muy fatigosa.
Los campamentos de refugiados están divididos en cuatro distritos o Wilayas. Cada Wilaya está dividida en cuatro Dairas y cada Daira en 4 barrios con estructura cruciforme. Cada familia tiene una tienda de campaña, Jaima, proporcionadas por ACNUR (Alto Comisario de las Naciones Unidas para los refugiados), y en torno a ella pequeñas construcciones de adobe sin enfoscar, que están destinadas a la cocina y baño. Cada barrio dispone de un pequeño mercado, donde los saharauis, los que disponen de algún dinero, pueden comprar los alimentos básicos.
Uno de los camiones toma la ruta al Aaiún. Seguimos atravesando llanuras de arena bajo un calor sofocante que caía sobre nosotros. Añadiré, que la impresión del paisaje es conmovedora. Nunca nos hubiésemos imaginado que en medio de este desierto pudiera vivir persona alguna.
Nuestra primera visita fue al Ayuntamiento Central de la Wilaya. Aquí, las familias fuimos de nuevo dispersadas en camiones a las distintas dairas y de éstas a sus correspondientes barrios.
He llegado al barrio de Daora, perteneciente a la Daira del Aaiún y los hechos que a continuación relato pueden herir la sensibilidad del lector.
El sol continúa cayendo de plomo sobe mi cabeza y me hace sentir todo el calor de sus rayos. Estoy en el Ayuntamiento de Daora. Por medio de megafonía llaman a la familia que voy a visitar para que venga a recogerme. Mientras espero, unos niños me miran, descalzos, con sus velitas cayendo de sus narices que les llegan hasta la boca. El brillo de sus ojos está lleno de impotencia. Nunca, ni en mis peores pesadillas, hubiera podido imaginar tan dramática situación.
En medio de este desierto, donde sobreviven los saharauis luchando contra la rudeza de este árido suelo, lo que veo a mí alrededor son camiones oxidados que no transportan el agua en condiciones óptimas para la salud. Faltan los alimentos básicos, azúcar, leche, legumbres; medicinas. Todo se precipitó de golpe. Cuerpecitos de niños frágiles por falta de vitaminas, niñas con parásitos por las condiciones higiénicas del agua. Vi algunos ancianos que eran ayudados por jóvenes a moverse de un lugar para otro, ciegos, por quemaduras de retinas causadas por el sol. Mas tarde, supe que esperaban ayuda del exterior para poder salir al extranjero y poder ser operados.
Llegó la familia a recogerme. El único saludo que me brindan es la arena del desierto que el viento levantaba del suelo con violencia. Sin embargo, resulta sorprendente el espíritu de supervivencia que se aprecia en todas estas personas, los saharauis, luchando, no sólo contra las inclemencias del tiempo, sino también por volver a las tierras que un día les arrebataron.
Impotente ante sus miradas, fluía un pensamiento unánime en mí: el deseo de poder ver volar libres en la vida a todos estos niños y niñas de este pueblo, y que muy pronto nazca el crepúsculo del nuevo día para todos ellos.
Bajo nuestros ojos no podemos ocultar la realidad y lo real, como seres humanos, es evitar el sufrimiento de los demás: los niños indefensos.
Doy las gracias a los organizadores del viaje, pues estoy seguro que todos los que hemos viajado esta Semana Santa a los campamentos de refugiados saharauis nos hemos sentido útiles al pensar que hemos estando haciendo un acto de solidaridad con el Pueblo Saharaui. Creo, sinceramente, que aquí, en la vida, no sólo estamos para nacer y morir, sino también para ayudar a los demás. Así, que gracias por esa oportunidad que nos habéis dado.
Francisco Remedios Acosta
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