Mitos, mentiras y falsedades, por Eduardo Díaz Coello

La semana pasada les mentí. Les dije, en una breve columna, que esta semana, si tal, seguiríamos con el tema que empecé a desarrollar. Pero en Semana Santa no se habla de política. Jonathan Swift, que era un cachondo de cuidado, al que ustedes conocerán por “Los viajes de Guliver”, también se quedó con sus lectores cuando publicó una pequeña obra titulada “El arte de la mentira política”. Sucedió tal que así: al final del libro, que, como se podrán imaginar, es una mordaz crítica a los parlamentarios británicos, Swift aseguró a los lectores que el libro tendría continuación, cosa que, evidentemente, no ocurrió. En la aburrida España del “fin de la comedia”, el humor, especialmente el negro, que es el bueno, se ha convertido, dada la fragilidad del régimen de poder de 1978, en el enemigo público número uno del establecimiento (stablishment). A mí, personalmente, me lo han intentado hacer ver en varias ocasiones. Y esto es así porque, sencillamente, la mentira, o mejor dicho, la falsedad, es el motor que mantiene esta ridícula y destartalada maquinaria de poder desde la muerte del dictador. En esta batalla, desgraciadamente, estamos solos. Sólo la prensa independiente (blogs, podcast…) trata de perseguir, a trancas y a barrancas, la fabula del gallo de H. D. Thoreau: levantarse antes que sus vecinos para despertarlos del profundo sueño de la mentira, el fanatismo o el dogmatismo con el molesto quiquiriquí. Cosas de la vida, mientras escribo esta pequeña columna para compartirla con ustedes, un amigo me envía un “guasap” para contarme que Rafael Yanes, patriarca del socialismo local, puso su pica en Flandes, esto es, en un chat de Facebook donde la gente de Güímar denuncia, critica o hace el payaso a partes iguales, a razón de sus intereses en la actual pelea de perros del PSOE. Para ello, trae a colación otro de los falsos mitos del régimen del 78: el congreso socialista de Suresnes. En este momento, según escribe Yanes, nacería el PSOE que propició la “transformación del país en una sociedad moderna”. La convivenvia de “Isidoro” con elementos del agonizante régimen, la corrupción a gran escala, los crímenes de Estado o el desmantelamiento del tejido industrial a cambio de la legitimidad de las socialdemocracias europeas lo dejamos para otro día. Esto, para mi desgracia, que no aguanto la falsedad ni, especialmente, los intereses personales disimulados en mitos o en discusiones ideológicas inexistentes, vendría a sumarse a las tonterías sobre los 40 años de la legalización del PCE o la conmemoración de la II República. ¡Ay, Señor, qué cruz! La semana que viene, si tal, hablamos del gobierno. O no. Yo qué sé.

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