El patrimonio y sus cadenas
Hablemos hoy sobre patrimonio. – ¿Por qué? – ¡Vaya hombre!, preguntas, preguntas, preguntas…; pues porque así lo deseo. Como siempre, empezamos por pedir perdón, insana costumbre de un alma tan tímida y educada como la de un servidor, a todos aquellos que se sentirán heridos por tan, es posible, lacerantes palabras (¿o frases?) Da igual. Empecemos; con su permiso claro.¡Oh patrimonio; sagrado patrimonio; sacrosanto patrimonio; intocable patrimonio; bendito el día que llegaste y malditas las cadenas que nos dejaste! ¡¿En qué día un montón de escombros pasó de atraso a progreso?! Y ahora, imbuidos en la verborrea del patrimonio; rodeados de fiestas, santos, conmemoraciones, cumpleaños y aniversarios de ruinosos, luego restaurados, y absurdos edificios; cómo cuestionaremos tal fenómeno. Pues con arrojo y valentía claro. A día de hoy, discutir los fundamentos que sustentan, nunca mejor dicho, las bases del patrimonio puede considerarse herejía fatal. ¡Pero he aquí un hereje!; un peregrino hereje en tierra de fieles. Sucede que, muy a nuestro pesar, a estos edificios viejos y destartalados se agarró con uñas y dientes todo un grupo – que no clase – de astutos y redomados políticos, amén de otros personajes tan ilustres como aprovechados. – Que si el patrimonio es la guía de nuestros intereses; que si el patrimonio es nuestra historia; que si el patrimonio es el futuro; que si el patrimonio… – (cada uno podría seguir redactando esta interminable lista). Visto lo visto, oído lo oíble, leído lo leíble, palpado lo palpable, este impertinente hereje aprovechará las siguientes líneas para ofrecer una serie de críticas, puede que buenas o malas, a todo esto del patrimonio.
Lo primero que debemos destacar, es que el patrimonio no es historia. El patrimonio, al igual que el parte de guerra de mi difunto abuelo, no es más que un fragmento o residuo del pasado; sólo eso, sólo una diminuta esquirla que, de manos de la diosa fortuna, ha llegado a nuestro presente. Los niños hace no mucho, pregúntenles a sus abuelos o padres, trabajaban de sol a sol. Esto también es parte del pasado, de la historia. ¿Por qué no queremos mantener las tradiciones en este aspecto; por qué no volvemos a poner a todos los niños a trabajar de sol a sol; por qué no conmemoramos que los niños trabajaban de sol a sol; por qué no montamos nuestra campañita política de turno al son de que los niños hace 50 años trabajaban de sol a sol? Claro; del pasado, como de todo, rescatamos lo que nos conviene, lo más útil. ¡Oh, dichoso eclecticismo, cuánto mal has causado! Dicho queda. Y ahora me esperan, si son tan amables, que voy a comprar lechuga y tomate para hacer una ensalada.
Ya estoy de vuelta. Sigamos. ¿Por dónde iba? ¡Ah si!, ya recuerdo. En segundo lugar, deberíamos tomar conciencia acerca de lo relativo del patrimonio. Me explico. Ningún valor es innato o natural, sino que somos nosotros, las personas, las que otorgamos, de forma totalmente subjetiva, dicho valor. El oro, por ejemplo, tiene el valor que el hombre le ha dado; el patrimonio, lo mismo que el oro, representa un valor que nosotros mismos le hemos otorgado. Un edificio que, ha día de hoy, es intocable, puede que ayer, o antes de ayer, no fuese más que un amasijo de escombros digno de ser demolido. He aquí el engaño; he aquí la relatividad del patrimonio
¿Y el plano urbano? ¡Oh el plano urbano! Trazar una estrategia de crecimiento urbano sostenible, racional y benévola con el medio físico y natural, es incompatible con la idea o pretensión de salvar hasta el último gallinero del siglo XIX. Las zonas céntricas, ridículamente llamadas casco histórico, han quedado totalmente inutilizadas, sobrecargadas de tráfico y con problemas en infraestructura y aparcamiento. Abrir nuevas calles, en numerosos casos sumamente necesarias cuando no imprescindibles, se ha convertido en una empresa de difícil y duradera consecución; más aún si en medio del posible trazado se haya una hermosa cuadra, por ejemplo, de mitad de siglo. Por otro lado, plantear la defensa a ultranza del patrimonio a la par que defendemos un desarrollo urbano sostenible y con escaso impacto en el medio natural es un chiste de mal gusto. O nuestras ciudades, en el ámbito insular, crecen en altura y de forma intensiva, eso sí con una buena infraestructura; o crecen hacia el extrarradio, de forma extensiva, y ocupando cada vez más y más paisajes naturales.
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