En este año Paulino y al comienzo de la tarea catequética quisiera acercar a todas aquellas personas implicadas en las tareas parroquiales y en especial en el ámbito catequético y en definitiva en la tarea evangelizadora (1), este pequeño trabajo de reflexión eclesial. Juan Pablo II (2) afirma que S. Pablo es el testigo profético y ejemplar más que cualquier otro, llevó el Evangelio a los gentiles de las diversas naciones y culturas, abriéndolas a la fuerza transformadora y regeneradora del mensaje cristiano.La Iglesia necesita con urgencia catequistas que tengan el corazón y la inteligencia de Pablo. El Espíritu que impulsó al apóstol de los gentiles por el terreno difícil de la primera evangelización no deja de suscitar, incluso en nuestro tiempo, celosos servidores de la Palabra, capaces de obrar al servicio de la difusión del Evangelio en la misión amplia y ardua de la “nueva evangelización”.
En el comienzo del tercer milenio, la evangelización de la cultura y la inculturación de la fe son tareas urgentes para el futuro del hombre y de la sociedad. Para esta tarea misionera se requiere una preparación seria y profunda. Precisamente en relación con la catequesis, a veces se notan en el hombre contemporáneo actitudes de alejamiento más que de cercanía, de indiferencia más que de participación, y de desconfianza más que de acogida frente a la salvación evangélica. Son momentos difíciles, pero no menos fecundos para la misión de la Iglesia, que no puede manifestar ni miedo ni resignación, sino la intrepidez renovada de la fe, que se vive con determinación y constancia –con “parresía”, según el lenguaje neotestamentario- y que encuentra senderos inexplorados, abiertos por el Espíritu Santo incluso en lugares donde aparentemente reinan la hostilidad y el rechazo.
Los catequistas al igual que el resto de los agentes evangelizadores deben evangelizar a ese hombre y a esa mujer en medio de tantas necesidades culturales, sociales, políticas, afectivas y búsqueda de Dios.
Juan Pablo II, elevaba la voz como Pablo en el aerópago y nos dice Duc in altum (3) ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo, el Hijo de Dios, que se encarnó por amor al hombre, realiza también su obra. Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo, para tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos.
Vivir desde la esperanza (4) nos obliga a comprometernos con ella, trabajar por ellos con entusiasmo y convencimiento y para ese fin hay que conocer la realidad y modos adecuados de actuación.
Trabajar por la esperanza significa ser conscientes de que no estamos solos en este mundo, que somos generadores de vida y de esperanza, sintiendo la presencia de un Dios cercano al hombre.El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: “Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos.
Esta tarea evangelizadora debe ser en el tiempo actual: “Así pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios a favor de la humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos.
La encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la síntesis definitiva que la mente humana, partiendo de sí misma, ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, (…) y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la revelación de Cristo no puede encerrarse en un restringido ámbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente válida para dar sentido a la existencia”. (…) (5)Un papel importante en la tarea evangelizadora y catequética lo ocupa la Santísima Virgen María que se nos presenta (6) como modelo, eficacia y como agente evangelizador del cual nuestra tierra canaria y nuestra comarca y arciprestazgo es un claro ejemplo.
No hay que olvidar por último que la catequesis es la etapa del proceso evangelizador en la que se capacita básicamente a los cristianos, para entender, celebrar y vivir el Evangelio del Reino, al que han dado su adhesión, y para participar activamente en la realización de la comunidad eclesial y en el anuncio y difusión del Evangelio. Esta formación cristiana tiene como meta la confesión de fe. (7)
Ante esta pequeña reseña quisiera elevar unas preguntas de reflexión para todos y a los principales agentes de la catequesis.
1 ¿Qué formación se ofrece a los catequistas? ¿Conocen ellos las tareas y fines de la catequesis, sus partes?
2. ¿Qué catequesis se está ofreciendo en la parroquia? ¿A qué tipo de edades abarca? ¿Qué materiales complementarios usan, saben utilizarlos los catequistas? ¿Es una catequesis donde tiene un importante papel la palabra de Dios? ¿Se está formando para utilizar y entender la Biblia?
3. ¿Hay un acompañamiento espiritual a los agentes catequéticos?
4. ¿Se utiliza la catequesis para otros fines como actividades socioculturales, como trabajos manuales, …?Qué estas y otras preguntas sirvan para aproximarnos mediante la reflexión a lo que Dios quiere en esta tarea evangelizadora.
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(1) E.N. 20 Partimos de la afirmación esencial que recoge Pablo VI al decir que evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.
(2) JUAN PABLO II, La tarea de la inculturación constituye el centro de la nueva evangelización. Congregación para el clero. Consejo Internacional 29.09.1992.
(3) Cf, NMI. 58
(4) Cf, TIERNO, BERNABÉ, Abiertos a la esperanza, los retos de una juventud comprometida. 28-29. Temas de hoy. Madrid 1998.
(5) F.R. 12
(6) C.T. 8
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