He plantado unos tomateros en hiladas como los soldados de un regimiento de alabarderos, en algunos ya se vislumbran unas diminutas flores amarillas, presagio de los tomates que madurarán por la Virgen de Fátima, rojos como los arreboles de los colegiales cogidos en falta o los escarlatas de los estandartes de los próximos pasos de Semana Santa.Hoy he descubierto, en una inspección rutinaria de la tropa, que una de las plantas había caído de la fila y yacía de cuerpo presente, el húsar que lo ha tiroteado a base de dentelladas ha sido un bicho verde de rosca; pero la justicia de la biodiversidad ha funcionado implacable como un reloj de pulsera y un mirlo que duerme en los naranjeros de la finca cercana se ha percatado antes que un servidor de la causa de la defunción del tomatero y ha escarbado la tierra alrededor del tallo hasta dar con el asaltante, y se lo ha merendado, lo mismo que nos zampamos un tentempié a media mañana. Tendré que llamar a la formación a un nuevo tomatero que ha nacido por su cuenta en una esquina de la huerta, supongo que su padre es algún tomate maduro que se llevaron los lagartos para un almuerzo en la pasada cosecha; tengo entendido que los tomates de segunda generación se desarrollan menos que los que, en primera estirpe, provienen de las semillas seleccionadas, pero no puedo dejar la fila con un diente de menos, como si la plantación los estuviese mudando.
Juan Miguel replantando el tomatero / de Varias Antes, los tomates que crecían a su antojo en las esquinas de las huertas o detrás de las higueras recibían en adjetivo de cagones, más que nada porque lo recogido y disimulado de su lugar de nacimiento incitaba a los descubridores a suponer que la semilla que había sido su origen hubo de circular por el entero tracto intestinal de alguien que se acuclilló en el lugar para dar alivio y fin a sus tránsitos más íntimos. No es este el caso de mi tomatero. Es maravilla pensar en la capacidad de la vida para regenerarse y repetirse aun procediendo de lugares tan poco indicados como el que mentamos; sin tener en cuenta este portento, numerosas personas se niegan en redondo a alimentarse de los tomates cagones, a pesar de que, según me han explicado, constituyen un muy sabroso manjar, dicen que con causa en su pequeñez y concentración, habrá que preguntar a mi amigo Pepe Delgado, de Bonnysa, que es quién más entiende en Tenerife de tomates; aun así, a despecho de estas opiniones, servidor continuará elaborando las ensaladas con los tomates de acrisolada y rancia estirpe porque en estas cuestiones soy muy aristocrático, aunque mi madre siempre haya criticado mi melindres: será.
Hace años, mientras transitaba por la calle Miraflores en Santa Cruz, contemplé un tomatero cagón que pendía de un bajante de las aguas negras de una vieja casa, saqué una foto con el teléfono móvil y supongo que la instantánea andará perdida en algún disco de almacenamiento guardado en mis armarios, algún día la encontraré. Dando por sabida la primera parte del viaje de la semilla ¿cómo fue posible que creciese en esas alturas?, aun hoy sigo sin entender la presencia de una decena de tomates maduros que me miraban desafiantes.

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