Sin ningún precedente, esta mañana di un pequeño salto a la procesión del Pendón. No les voy a contar mentiras. Sabía lo que había, lo que iba a ver. Por lo tanto, no me llevé ninguna desilusión. Perfectamente hermanados, lo religioso y lo público se encontraban juntos y, también, revueltos. El pendón, personalidades públicas, guardias uniformados e incluso algún soldadito con su escolta se encontraban, todos ellos, en completa armonía con los representantes y los símbolos de la Iglesia Católica. Empero, no se lleve al engaño el lector. Esto no es una crítica a la religión, ni siquiera a la Iglesia, que está en su derecho a manifestar su credo. Por el contrario, me posiciono contra incoherencia, en un Estado aconfesional, del hermanamiento entre los símbolos públicos y los privados. ¿A cuenta de qué, me pregunto, ha de incluirse el símbolo del poder civil en una procesión religiosa? ¿Se expone el pendón en alguna ceremonia de los Testigos de Jehová? ¿Se lleva el pendón a un mitin de un partido político? ¿Se traslada el pendón, con toda la fanfarria carnavalesca, a un partido de fútbol? Actos de este tipo, no dejan sino traslucir lo más rancio y pueblerino de un Güímar, de una manera u otra, anclado en lo más ultramontano y pintoresco de su pasado caciquil.

Popularity: 2%

Comparte este artículo:
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • email
  • MySpace
  • TwitThis
  • YahooMyWeb
  • Add to favorites


Dejar un comentario

Debes estar logueado para dejar un comentario.