He estado esta semana de curso de periodismo, un curso que patrocina el Ayuntamiento de Güímar, al cuidado de Lali, concejala de cultura. El arte periodístico nunca me había interesado desde el punto de vista de su elaboración, sino más bien como lector o consumidor final de lo que los mismos periodistas llaman producto. Qué raro. Estos profesionales se ven a si mismos como carniceros que elaboran salchichas de distintos tamaños y calidades. Tienen un nombre, un frenesí y un cuidado para cada una de ellas, por ejemplo: las chistorras son salchichas de por aquí, con la carne picada a un mayor tamaño que los célebres bocados de Frankfurt, estos últimos nos deleitan en forma de perros calientes aderezados con ketchup y mostaza, alimento americano por excelencia que se compra en el carro de la esquina de la calle 32 con la 108, igual que se compra el periodismo que todos envidian, aunque los conferenciantes que han hablado hasta hoy no lo han reconocido, y van dos días de charlas. Adoro el periodismo americano.La izquierda ama la dialéctica, por ello siempre retorna a su sombra. Sostienen sus teóricos puros que la verdad nace de la confrontación de las ideas, de ahí que haya de ser diestro en el dominio de la controversia porque ganar esta batalla supone imponer la idea que se defiende. El periodismo de izquierdas que predican estos días en la Fonda Medina retuerce la filosofía y sostiene que la única verdad está en el periódico nuestro de cada día, y en la pelea urge la habilidad. Alegaba un conferenciante con desparpajo que en una reunión suya con miembros del gabinete de Zapatero habían dado la orden de que cuando surgiera una controversia social inmediatamente había que nombrar los términos del debate a conveniencia propia; pronto, presto, antes de lo que los hiciese el antagonista. Así la gripe de los puercos es una gripe A o nueva gripe y la bancarrota de España unos brotes verdes de pitiminí, o en Canarias no hay hambre y un treinta por ciento de paro, sino corrupción nacionalista: para aliviarla Juan Fernando López Aguilar insultaba en orden alfabético y ensayaba discursos pachangas frente a los espejos de los retretes de los aeropuertos.
Estos días el principal damnificado de la Fonda Medina ha sido don Pepito, propietario del periódico ‘El Día’ a quién Tita Díaz trajo a un pregón de las fiestas de San Pedro para adularle y tirarle de la levita. La izquierda le zurra la badana a Pepito con el esmero de un estilista del peso de los gallos. Como si mi amigo Víctor Riesgo los hubiese entrenado en el arte de darle al saco. Por lo que nos ilustran y demuestran los conferenciantes, el periódico de mayor distribución en la isla de Tenerife es el único medio racista de Europa; en el continente es un delito serio la práctica del racismo y en el Código Penal español también está recogido, pero a lo que se ve, no se aplica. Jamás he leído un editorial completo de este periódico, a lo sumo cuatro frases salteadas, es insufrible el lenguaje y deleznables las ideas; había dado por hecho que don Pepito es un majadero intelectual que vive engañado por la adulación interesada; creo que algún alcalde ignorante le ha puesto una calle; como en la dictadura los prebostes ponían pisitos en las afueras. Nunca me hubiese imaginado que en las facultades de periodismo perdiesen el tiempo en el estudio de los editoriales de este periódico.
Pepito va más allá del nacionalismo y defiende el independentismo pedorro y panafricanista, puro bananerismo trasnochado. Los conferenciantes deberían ser más benévolos con estas miserias que acabarán por la propia razón de la naturaleza humana.
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