La carretilla de arar

Hoy he visto a Juan Pedro, el hijo de Águeda, salir de la administración de loterías. Por la cara que llevaba y los décimos que dejaba ver en su mano, llegué a la conclusión de que la suerte de esa vaina que llaman lotería nacional no le ha sido propicia en el sorteo de Navidad. Vamos, que ni de lejos se cumplió lo que Han Solo deseó a Skywalker en la película ‘La guerra de las galaxias’: Hey, Luke. May the Force be with you.

O sea que mi amigo fue con la resignación habitual a realizar cambios o a dejarse algo de guita en donde les he dicho. Esa es la causa de que Zapatero haya puesto su vista de águila pescadora y apesadumbrada en el parné que los íberos del este van dejando en las arcas del Estado. Nos van a privatizar la suerte, que es tanto como que nos ordeñen las multinacionales del juego a gusto y con más tino que el que se les supone a estos socialistas taimados y efervescentes.

No sé si mi paciente lector se habrá percatado de que vamos a una ciudad del juego en los arrabales de Madrid o en los blanqueales de los Monegros. Resultará encantador ver a los niños de San Ildefonso trasmutados en maños con trajes típicos de atrezzo mientras cantan el gordo con aire de jotas socarronas. Las Vegas de los Monegros en el desierto al norte del Ebro pero al sur de los Pirineos: tal que adrede.

Juan Pedro, en sus ratos libres se dedica a plantar batatas en los altos del valle. Por las apariencias me da la impresión de que ya está jubilado, aún no habiendo llegado a los sesenta; nunca me he atrevido a preguntárselo porque tal pesquisa me parecería una intromisión en terrenos que deben ser sólo suyos. Aunque tengo oído que ha sufrido los problemas de salud típicos de su pasada actividad laboral.

Para el menester de plantar batatas se ha hecho construir una curiosa máquina. Es un artilugio que yo he bautizado para mis adentros con el nombre de carretilla de arar; puede que quién me lea encuentre un mejor y más adecuado nombre. El armatoste es una carretilla clásica utilizada en la construcción a la que ha desprovisto de su caja de carga, quedando, pues, reducida a un esqueleto metálico dotado de una rueda. Luego, ha colocado una reja de arado en el lugar en que deberían ir las patas de asiento de la carretilla. La reja tiene una altura variable y cuando la carretilla está plana siempre queda por debajo de la horizontal de la rueda, de tal modo que cuando el trasto se empuña por los brazos y se empuja, va trazando un surco a lo largo de la huerta.

De esta manera Juan Pedro realiza los caballones necesarios para plantar papas, batatas, millo, arvejas y otras hortalizas, aunque mayormente he visto que se dedica a cultivar batatas. Él riega a goteo aunque no habría inconveniente en que lo hiciese por el método normal ya que el trabajo final es bastante aparente.

En la novela de Rafael Yanes ‘Chacaica’, que según me ha dicho pronto se publicará, aparece un personaje muy particular y exótico. Se trata del herrero del pueblo, quién aparte de dedicarse con profunda reflexión a observar las arañas y a filosofar sobre las conductas de sus convecinos, también se dedica al diseño y construcción de máquinas extrañas que realizan los más difíciles menesteres. Este cachivache de mi amigo seguro que estuvo entre los apolillados planos ficticios que dejó en herencia este domador de hierro, justo en una esquina de una estantería pintada en verde botella, estantería que, por cierto, vamos a suponer, era una antigua alacena reformada por el ingenio del herrero de las arañas.

Pongo el corte 15, Toto y Alfredo,  del disco de la banda sonora de ‘Cinema Paradiso’ de Ennio Morricone. Seguro que esta música te recuerda un anuncio.