Plácido de Güímar de Arriba

Fui al entierro de un amigo de la juventud. Me molesta que las personas mueran jóvenes pero, a veces, hay otras realidades que arrinconan la lógica esperable de la vida; cuya placidez no es sino un espejismo del que se desconfía progresivamente. Me encontré con Plácido, pariente de Güímar de Arriba. Ambos pertenecemos a una familias extensa, cuyos miembros cada vez nos conocemos menos entre si. Es hombre de conversación agradable, esencia de esta parte del municipio y conoce mil y una anécdotas que cuenta tal como se referían antes que apareciese la televisión. Plácido es comunicación al modo antiguo, como siempre se ha hecho. Cuenta que, una vez se le partió el arado a mi abuelo, lo cual era un desastre que hoy sólo podemos comparar a que se queme la junta de culata de un coche, por ejemplo; pocas eran las personas que entonces eran capaces de resolver este problema. Plácido había aprendido estas artes de un tío minusválido al que ayudaba desde niño. Estaba, pues, mi abuelo desesperado en el Lomo Grande y en esas vio aparecer a Plácido con su burra y, sobre todo, vió llegar la solución. Cuenta nuestro hombre que mi abuelo lo invitó a beber en la bodega y luego le propuso el negocio del arreglo del arado “porque es usted una persona seria”, le dijo mi abuelo. Se ríe todavía Plácido con la vuelta que le dio mi antepasado a su desesperación al no encontrar quien le arreglara el arado: lo disfrazó de concesión y confianza. Por supuesto, Plácido cargó sobre su burra el arado que roto y lo arregló en unos pocos días a plena satisfacción de mi abuelo.